Un día cualquiera
Me dirijo a casa. Pongo RPP en volumen bajo. No. Vamos escuchando un poco de U2, mejor. Necesito relajarme un poco. Me aflojo el nudo de la corbara. Me la saco. Un rojo. Un Verde: acelero. Todos estos son unos bestias manejando. Unos bárbaros, diría ella. “Una atrocidad, manejar por éstos lares”, diría. Río ( y nose porqué rìo si tiene tanta razón. Será por la forma cómo lo dice, es gracioso oírla quejarse desde su asiento de copiloto, ajena a lo que es manejar junto a “esos terribles” huyendo de esos atroces “que no saben usar sus lucecitas direccionales, mi amor, porque si lo hicieran una sabría si esperar a que los sañudos éstos pasen o pasar una antes, ¿no?, pero no, éstos lo hacen o por joder o por brutos, pero también uno tiene que saber que a los pobres siempre los han criado así, ¿no?, entonces también qué culpa tienen de ser medios salvajes”). ¡jajjajjaja!. Voy a llamarla. Si tan sólo pensar en ella me hace reír. Una, dos timbradas. ¿Qué hará?. ¿què haré yo?. Llamarla mas tarde. Llegar a mi casa y lavarme las manos en mi baño, tomar mi té. Ducharme. Secarme silbando “Te quiero”, entrar en mis pijamas, en mis medias blancas con olor a limpio, fresquitas y algodonadas. mmmm. Entrar en mi cama, encender la tv, ver un poco de noticias y quedarme dormido – previo sleep en 60 minutos-. Entrando a la cochera, veo la pelota roja de Luisito, iluminada por las luces cortas del auto. Bajo y la muevo: a la caja de juguetes, se ha dicho: y encesto. Los cachaquitos verdes de plàstico sienten el peso del balón, y ahora todo está en orden. Entro. Apago el motor y tiendo mi nuca hacia atrás. ¡qué día!. Y aun no termina: el celular nuevamente; el nextel : Oh, no, son las 10:00, ¿qué es lo que no puede esperar hasta mañana?. Ya en la casa, mi hermana, mi cuñado; ya en la cocina mi té clásico, la bombilla ámbar me hace compañía. Todos ya se han ido a dormir. No estás, mamá. Si estuvieras habría ido a verte antes de mi té. Te habría contado cosas buenas de mi día y te habría escuchado hablar sobre el tuyo. Habría acariciado tu plateada melena, siempre sujeta con aquéllas horquillas de plata que tanto te gustaban. Te extraño, mamá. Llamarla a ella, preguntarle por su día, contarle del mío, saber si piensa en mi, si me extraña, como yo a ella.
1 Comments:
La ternura está sobtre tu cabeza esta noche.
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